Por Tute F. Drina
Que difícil dar en la tecla, pensar un comienzo que de
alguna manera disimule las pocas ganas de escribir sobre la final, pero habiendo pasado ya algunos
días, todo de a poco se va aclarando; el tiempo todo lo cura.
Se perdió otra final, de esas que dejan pensando en un
montón de cosas, abren una caja de pandora de la que pueden surgir desde los análisis más
estúpidos hasta el sentimiento más puro y tozudo.
El combinado de Chile planteo un partido muy inteligente
desde el minuto cero, sin renunciar a su estilo alocado y también vistoso, pero le agregó una
pizca de marca para desactivar los conocidos circuitos de Argentina. En contrapartida,
Martino no pensó en el rival y simplemente planteó el mismo esquema con el objetivo de
imponer condiciones.
Lamentablemente las condiciones las impuso Chile, que baso esta imposición en la intensidad con la que jugó gran parte del partido, sobretodo el primer
tiempo, que transcurrió como una ráfaga. Más allá del buen toque y la precisión de ambos,
ninguno de los dos equipos puso en aprietos al otro, aunque la Roja tuvo más tiempo la pelota,
y eso les dio una luz de ventaja en lo sensorial de la Final.
Pensé por un momento que Argentina iba a salir el segundo
tiempo con otra intensidad, que estaba cansando al rival los primeros cuarenta y cinco, que
todo era una estrategia; pero no fue así, y aquí lo pierde la Albiceleste, que no creyó
(humilde opinión), que no fue a buscar con locura, con esa necesidad que demuestran los jugadores, que
estoy seguro tienen (Mascherano desborda de ella), pero que nuevamente estuvo
ausente en el momento donde debió aflorar.
Pesó más el temor que la ambición, “el temor
a ganar” titulan algunos psicólogos, que semánticamente parece ilógico, pero tiene
una fuerza paralizadora, se manifiesta y puede enquistarse si uno no hace nada al
respecto. La única solución es enfrentarlo, la selección deberá hacerlo en algún momento, y
créanme, todos nos daremos cuenta cuando suceda.
No puedo dejar de mencionar que, como se esperaba, el árbitro
inclinó bastante la cancha para los trasandinos, no lo suficiente para ser escandaloso, pero
si para ir diezmando las energías, que no es menor en una final (la patada de Medel a Messi
“vale punto” en casi todas las disciplinas de artes marciales, deliberada y dada con
justeza, debió ser acompañada de tarjeta roja).
Tampoco se “ligó” cual otras épocas de epopeya, como en ese
último ataque, en el que Messi saca de la galera una gambeta doble, traslada lo justo y
necesario, suelta para un Lavezzi que sin tanta justeza cruza para el “Pipita” (que una vez más se empezó a transformar en el gran señalado) quien remata incómodo, sin mucho ángulo, pero con el
arco solo, para ver como el balón no entraba por 10 centímetros. Me vino a la mente la
pelota de Messi en la final del Mundial 2014, que también careció de 10 cm para explotar en
un grito.
Permítanme hacer como Marty McFly, cambiar el futuro y
afirmarles que, si esa pelota entraba, Messi hoy seria el mejor del mundo para todos los
argentinos (no me incluyo, para mí ya lo es), y flotarían en el aire frases como “en el último
minuto te gana partidos”, “que delicia la jugada que inventó”, “parece ausente pero te inventan un
gol”, etc. Los resultados condicionan los análisis, los inflan o los achatan, y me hace pensar que no importa nada más que el resultado, que el fin justifica
todo ya que es lo único que importa.
Luego, un alargue que solo sirvió para acalambrar jugadores,
llegar a los penales para ver desmoronar la ilusión que se fue forjando desde el primer
día; y terminar de encontrar a quien señalar con el dedo luego de la derrota.
Si algo terminé de aprender en esta Copa, es que la pasión
es ilógica, hermosa, incontrolable, y que donde sea que la selección se presente de nuevo, ahí
estará ella, renovando esperanzas, fuerzas, ganas, y alimentando una vez más la ilusión.
Y apoyándome en el segundo principio de este deporte (“el
fútbol da revancha”), les deseo lo mejor a los Campeones de la Copa América, ya nos volveremos
a ver…
















