Por Tute F. Drina
…Y se abrió el arco, y se destrabó ese nudo en la garganta, en la mente, sobre todo en los pies. Pareció como si Tevez –a quien analizábamos anteriormente-, al destrabar hace unos días tantos años de congoja, desencandenó algún efecto de contagio en el resto del grupo.
Argentina abrió el partido temprano con la moneda corriente de su rival de turno Paraguay, mediante una pelota parada –enviada por Messi- que arribó al área salpicando veneno. Marcos Red rompió el arco pegándole lo más rápido posible sin pensar mucho (ese andar sin pensamiento parece haberse expandido también).
El equipo de Martino aprovechó el gol para serenarse, manejar la pelota con criterio, abanicar "a lo loco mía” al team de Ramón y, casi sin darse cuenta, enlazar una jugada tan vertical como el mismísimo obelisco entre Messi de asistente y Pastore con un delicioso derechazo junto al palo. Argentina empezó a delinear no solo una victoria, sino esa sensación de “se abrió el arco, carajo”.
Le quedaba una eternidad al partido (Argentina se puso 2-0 a los 27 del primer tiempo) y, como el karma del “saber sufrir” dicta, en el peor momento para arriesgar (los últimos cinco minutos del primer tiempo), se arriesgó de más saliendo a los toques. Paraguay se encontró con una pelota huérfana cerca del área nacional que Barrios (quien había reemplazado al eterno Roque Santa Cruz) cambió por gol con un bombazo inapelable, poniéndole suspenso al partido.
Tal vez lo mejor (paradójicamente) que le pudo pasar a la selección fue arriesgar de más en esos cinco minutos finales y tener que aguantar el embate de un rival que, inyectado de confianza, tuvo una situación clara para ponerse 2-2 en escasos minutos. Era mucho premio. Fue el entretiempo más sufrido de toda la Copa, donde sensaciones encontradas de un primer tiempo fluían por las mentes de todos.
Comenzó el segundo tiempo, y en los primeros cinco minutos los jugadores volvieron a arriesgar, saliendo en toque por el piso, como si hubieran olvidado el final del primer tiempo, casi sin pensar; sabiendo que era el momento de invocar al primer principio del fútbol, ese que claramente reduce las millones de variables futbolísticas a una sola: “los partidos se ganan con goles”.
Zabaleta (saliendo incomodo desde el fondo) tocó para un Biglia apurado que soltó justo para que Messi de primera la suelte a Mascherano, quien rompió la línea de presión y tocó en vertical (también de primera) para Pastore. El "Flaco" trasladó lo necesario para darle tiempo a que Di María le “coma” la espalda al defensor paraguayo, y meter un pase filtrado en modo tres dedos, permitiendo que “Fideo” pudiera aparecer en este “finde largo” que lo tenía como ausente, y meterle el golpe de knock-out al equipo guaraní con una definición, obviamente, de primera.
Dos momentos antagónicos (el del final del primer tiempo y principio del segundo), una misma idea, que me recordaron lo que sinceramente había anticipado Martino en el preludio de esta competencia: “este equipo va a correr riesgos”.
El resto del partido y con el espíritu del gol ya invocado, la albiceleste se llenó de confianza, tres goles más para delinear ese espeluznante 6-1, instalándose definitivamente en la última tarde de la Copa América, para enfrentar a Chile.
En el análisis fino, destaco a Pastore y Messi, que se entrelazaron cual dos purretes, divirtiéndose y disfrutando como si estuvieran en la canchita de la esquina, aprovechando los últimos rayos del sol, sin hacer caso a sus madres que los llaman a los gritos para cenar.
Se viene la final, entre los dos mejores equipos del certamen, que derraman buen fútbol y ambición, y hacen lo que pueden para defender, auguro un final de película.
Si me preguntan, Argentina tiene la carta ganadora, que aún no se manifestó en las redes; ese
que gambetea inconsciente, como si estuviera soñando….soñemos despiertos, nos vemos del otro lado.



No hay comentarios.:
Publicar un comentario