01 julio 2015

Un dedo en el culo

Por Javier Asioli

La periodista Ángela Lerena les preguntaba a sus seguidores en Twitter, después del episodio Jara-Cavani, por qué les daba más bronca un dedo en el culo que una patada.

Una teoría posible, si creemos en la nobleza de nuestro pueblo, es que lo que levantaba esas olas de indignación no era el dedo en el culo, sino la trampa vil y malaleche. El ataque artero que mediante una provocación sutil genera una reacción visible y termina en una sanción que recae sobre el verdadero injuriado. El éxito del tramposo.

Gonzalo Jara es un psicópata. Cultor de una forma de agresión sutil y por debajo del radar, pero persistente y acumulativa. El agredido aguanta hasta que no aguanta, y devuelve en un solo movimiento la misma carga de violencia que le fue administrada en pequeñas dosis durante un largo periodo de acoso. A los ojos del observador imparcial, el violento de los dos es el que reacciona último y peor.

Mientras tanto, el psicópata se revuelca en el suelo tomándose la cara, sorprendido, herido en su rostro y en su buena fe.

Los televidentes son testigos de la agresión, la reacción y la torpeza de la Justicia, pero no pueden intervenir. Desesperados, como chicos frente a una obra de títeres, gritándole al idiota del muñeco protagonista que el monstruo está “¡ALLÁ, ALLÁ!”.

“Si se estremecen con indignación ante toda injusticia, entonces son camaradas míos”, dijo el Che Guevara. Ahí están, entonces, los camaradas del Che gritándole a la tele porque acaban de presenciar un nuevo triunfo de la infamia.



De todos modos, es probable que la pregunta de Ángela apuntara al origen machista de la indignación. Para confirmarlo, dos tuits después sospecha que “en el asunto hay algo de homofobia”.

Debe ser así, pero tampoco es momento de minimizar la gravedad de los accesos no autorizados a zonas tan privadas del cuerpo. Ahora que está de moda condenar la violación, y todo eso.

Desde el punto de vista homofóbico que señala la periodista de Fútbol Para Todos, es cierto: el dedo en el culo pretende disminuir la hombría del toqueteado. Supone que eso es un valor y procura agraviarlo.

En ese sentido, la patada es un elogio. Reconoce la viril masculinidad del agredido, porque lo agrede como a un hombre. Es de suponer que Ruggeri nunca le pegaría a su mujer una patada como la que alguna vez intentó pegarle a Chilavert. No solo porque es su mujer, en este ejemplo, sino porque es una mujer.


En un breve recorrido por el saber popular, enseguida se pueden encontrar dos teorías en relación con la violencia hacia las mujeres: 1) a la mujer no se le pega; 2) a la mujer se le pega con la mano abierta. El mundo es tan complejo y fascinante que incluye este tipo de agresión considerada que, al compás del tortazo, señala y contempla la debilidad relativa de la golpeada.

Por eso, si se considera un doble insulto pegarle a un hombre con la mano abierta, imagínese usted meterle un dedo el orto.

Para profundizar en este punto, se recomienda la lectura del relato breve "El día que me metieron el dedo por colectora", publicado por Don Rata en el sitio El Mendolotudo, y que es el primer resultado que ofrece Google para la búsqueda "dedo en el orto".

Dicho esto, ¿sería justo decirle a Gonzalo Jara –suspendido por dos fechas cuando a su selección le quedaban dos partidos por jugar– “te quedaste afuera por puto y cagón”?

Nada que ver, pero es una duda legítima.

Muchas gracias y hasta pronto.

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