Por Leandro Marques
Para Argentina, no es secreto, el fútbol es mucho más que una pelota sobre el pasto y 22 tipos corriendo detrás de ella. Sobre todo a partir de sus triunfos mundialistas, el fútbol está relacionado con sucesos heroicos, milagrosos, mágicos, extraordinarios.
Ese gol del matador Kempes en la final del 78 a los holandeses, luchando contra todos los de naranja y metiendo la planchita para que la pelota cruce la raya de gol, o ese palo salvador antes del final del partido. O aquella acción del goleador contra Polonia, atajando a lo Suárez el tiro al gol de un polaco, que luego, Fillol terminó de justificar con la contención del penal. Ni hablar del imponente Maradona del 86. Un Diego que jugó bien todos los partidos, brilló como nunca en los definitorios cuartos de final contra Inglaterra, en la semi con Bélgica, y muy bien marcado, tuvo la extraterrestre lucidez de meterle el pase gol a Burruchaga cuando se pudría todo con la remontada alemana.
Ganar un partido por penales, casi por definición, implica necesariamente la participación positiva del arquero en el equipo triunfador. Me animo a contradecir tímidamente a Mascherano y su estimulante “hoy te convertís en héroe” a Romero. El arquero fue determinante en el pase a la final, no hay dudas. Pero héroe (además del Diego con sus puteadas a los tanos, el tobillo roto y la apilada contra los brasileros) fue Goycochea, que ganó no una sino dos series seguidas, en cuartos y semifinales de Italia 90 gracias a sus atajadas en los penales. No es desvalorizar a Romero, fue la gran figura, tapa de todos los diarios, pero para mí, en todo caso, es figura preponderante de un partido y no de una copa del mundo entera.
Desde su fase de eliminación directa, cuando empieza el verdadero mundial, este campeonato estuvo dominado por la más pura y matemática lógica. Que no nos confundan los fantásticos partidos de la primera ronda, ni la cantidad de goles, ni las posturas ofensivas de muchos equipos, ni las sorpresivas eliminaciones de grandes como Italia, España o Inglaterra. Desde octavos de final vimos partidos parejos y cerrados, y ahí lo previsible resaltó como excluyente dominador.
En octavos, hecho inédito: los ocho primeros le ganaron a los ocho segundos. En cuartos, los poderosos y favoritos vencieron el buen juego colombiano, la sensación belga, la fineza francesa y la sorpresa costarricense. En semis, duelos de gigantes, los mejores les ganaron a los locales. Brasil merecía perder de la manera que perdió no solamente por lo bien que jugó Alemania; casi más bochornosa que esa derrota fue la triste imagen que entregaron los mediocres jugadores brasileños tirando la pelota furiosamente a cualquier lado cuando todavía faltaban veinte minutos de partido contra los colombianos. Esa fue una de las más inesperadas traiciones que me ha entregado el fútbol: Brasil desbordada de nervios, de presión y de miedo pretendiendo ganar odiando a la pelota, queriéndola lo más lejos posible en lugar de bien cerquita, en los pies de sus jugadores, como la quiso siempre.
Pensemos en Argentina. Siendo fiel a la lógica predominante de este mundial, fue siempre más que todos los rivales que enfrentó y les ganó. Nunca le sobró nada. Pero en términos de merecimientos, no se pueden discutir sus triunfos con Bosnia, Nigeria, Irán, Suiza y Bélgica. Siempre quiso más que ellos y hasta en sus peores demostraciones los resultados que obtuvo son inobjetables. Podemos hablar de la buena fortuna en el sorteo: no le tocó jugar con equipos verdaderamente fuertes hasta la semifinal, y además no tuvo que viajar tanto, perder energía yendo de una punta a la otra ni agotarse con las temperaturas asfixiantes del norte brasileño. Bélgica es un buen equipo, pero demasiado joven, y sin el peso de la historia: estaban conformes con haber llegado a cuartos y perdido dignamente. Y Holanda, un equipo de los fuertes de verdad, carga con el estigma del pecho congelado, siempre les falta la puntada de carácter y corazón que requieren desafíos de esta naturaleza. Estoy convencido de que España, otro equipo de gran fútbol pero fortaleza anímica dudosa, solamente puedo salir campeón del mundo en Sudáfrica porque tuvo enfrente al único equipo con menos corazón y huevos que ellos, los anaranjados del invisible Van Persie.
Para llegar a la final, Argentina hizo siempre lo que tenía que hacer. Aparecieron, confirmando las premoniciones de la lógica, Messi, Di María, Higuaín, en ese orden. Romero fue clave. Mascherano estuvo siempre. Ganó cinco partidos, todos por diferencia de un gol. Empató el restante, que gracias a Chiquito derivó con los de Sabella en la final. En el encuentro definitorio espera la gran Alemania, que salió primera en el grupo más difícil de la fase inicial, que enfrentó a tres selecciones poderosas y les ganó con claridad o por goleada, y se codea con la lógica como casi siempre. Meten miedo.
Pero ahora todo se reduce a un partido. Si el trayecto de la final se sintoniza con la tónica que recorrió el mundial desde octavos, la máquina alemana debería llevarse el triunfo en la final. Si Alemania ganara el domingo, confirmaría otra lógica además de la propia del certamen. Confirmaría, con la que sería su tercera victoria en mundiales consecutivos, que nos tiene de hijos y que son mejores, inalcanzables para nosotros. A esta Argentina, que vuelve a llegar lejos en un mundial, todavía le falta la gesta heroica, le falta el milagro ridículamente increíble. Falta el momento épico. Sin ese instante alucinante, de ciencia ficción, que roce lo absurdo, Argentina no es Argentina y no creo que salga campeón. Porque vivimos de eso. Porque somos eso. No somos ganar sin sufrir, 3 a 0, gracias a una manifestación sobresaliente de fútbol colectivo. Imposible. Ahora, que todo se reduce a un partido, pienso que si manda la lógica, gana Alemania. Y si aparece alguna acción que pueda incluirse dentro del orden de lo impensado (tradúzcase, por ejemplo, una actuación descollante de Messi), creo que podemos gritar campeón. En definitiva no me parecería tan ilógico si eso sucediera.
1 comentario:
Claramente es un artículo escrito por un hincha de independiente!!! que pasó los últimos meses sufriendo! Relajá!!! Chin Chin!!
Esteban
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