Por Andrés Demichelis
Era chico, estábamos con mis amigos en el campito, jugando un picado. Defendía en mi propia área cuando mandaron un centro. Venía para mi zurda, pata débil y boba, tenía que despejar. La pelota me llegó al ras, no confiaba en mi pierna menos hábil así que lo intenté. Crucé mi pierna derecha por detrás de la izquierda. Ahora o nunca, pensé. Mi primera rabona. Fui cayendo en camara lenta, en HD, de codo al piso, posición ideal para ver cómo se clavaba la pelota junto al palo de mi arquero. Aquel me miró con sorpresa, con lástima, y luego con bronca. ¡Pará!, me dijo un amigo riendo, ¿qué te creés, Marcos Rojo? Yo no entendí. Mi amigo, al ver mi cara de incertidumbre, se levantó la remera y me mostró el tatuaje: “D16S”.
Me fui a mi casa dolorido. Acostado en la cama, no podía pegar un ojo pensando a qué se refería mi amigo con ese tatuaje en su pecho. Ya vas a entender, me dijo aquel, asomado a la ventana.
Pasaron años. Pasaron mundiales. Pasaron brujas, verones, tibias y perónes.
Hace unas semanas, empezó el mundial de Brasil. No tenés que verlo, me dijo mi tío, sos un poco piedra. Decidí darme una chance. El partido con Bosnia empezó trabado, aburrido, un primer tiempo estéril. Veo un poco del segundo tiempo y me voy a hacer yoga, pensé. Y fue en esos momentos de divague interior cuando, en un arranque de creatividad, en unos segundos de desafiar al destino, de jugar con el corazón de tantos televidentes, Marcos, aquel defensor desconocido, de peinado inentendible, de habilidades parecidas a las de Bruce de los supercampeones, ese Marcos, hizo lo que nadie esperaba. Nos dejó rojos. En su propia área, rodeado por cinco bosnios hambrientos, como perros de caza, aquel Marquitos vio la luz, se iluminó e hizo lo que mejor le salía.
Despejó de rabona.
Y el silencio cubrió el estadio. El silencio viajó desde Brasil a millones de casas, se metió entre las sillas de los bares, en las oficinas. El silencio viajó a través de los satélites. El silencio nos llenó los pulmones. Mientras, se escuchaba la pelota rozar el césped, la pelota se deslizaba ronroneando después de aquella caricia, se alejaba orgásmica hacia el lateral. Pero no fue un despeje. No. Fue un pase al carrilero. Un susurro preciso, calculado.
Y es el día de hoy, después del pase a cuartos de final de Argentina, después de verlo a Rojo consagrarse como figura indiscutible, con sus llegadas por la banda, con sus centros venenosos, sus caños escurridizos, con su marca y su entrega; después de verlo acalambrado, jugando sin la uña, metiendo goles con la mano, después de verlo trabar con el tobillo ASÍ, verlo putear a los italianos cuando nos silban el himno... Hoy pienso en Marcos Rojo y me digo: ¿Estamos siendo justos con nuestros ídolos?
Y me acuerdo de aquel amigo que tenía tatuado D16S en su pecho. Aquel amigo visionario. Me acuerdo de él, que ya sabía de todo esto, y me digo: si me lo cruzara hoy, ¿qué le preguntaría? Le preguntaría si sabe cómo termina esta historia, qué pasa el sábado, si llegamos a Holanda, si la final es con Brasil o Alemania. Y me acuesto y no pego un ojo. No, me digo, esas son nimiedades, esas no son preguntas. Si pudiera preguntar por el futuro, no gastaría preguntas en esos sinsentidos. Lo que me interesa es otra cosa. Y me destapo, abro el ventanal, salgo al balcón y, de cara al cielo, como si mi amigo estuviera escuchando, grito a los vientos: ¡Decime vos, este D16S… sí, Marcos Rojo, ¿vivió una vida feliz?!

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