26 junio 2014

Contragolpe con superioridad, gol seguro, partido liquidado

Por Leandro Marques

No es la primera vez que veo que sucede algo así en este mundial. Y como no me interesan las generalizaciones ni, casi nunca, las estadísticas, voy a quedarme con dos momentos muy parecidos, con protagonistas semejantes (de tez negra, de equipos africanos: por favor, que no se me acuse de nada por esta observación) y con resultados iguales en lo inmediato e idénticos desde una mirada más amplia.

Ghana está jugando un partidazo y para sorpresa de muchos, le gana 2 a 1 a la idealizada (aunque excelente más allá de las exageraciones) Alemania. Lo dio vuelta en el marcador y aparentemente (¿será esto posible con los germanos?), también parece superior ahora desde lo psicológico. Pero llega una jugada clave. Asamoah la tira larga sobre la izquierda y pasa como postes a dos defensores. No lo para nadie hasta llegar al área. Por adentro, dos delanteros llegan libres y aguardan pase. Otros dos defensas, mal parados, desesperados, vuelven como pueden para intentar salvar la situación. ¿Qué hace el fenómeno después de su grandísima maniobra inicial? Busca el lucimiento personal, se imagina las tapas de todos los suplementos deportivos, y entonces engancha y patea, pero le sale un tirito que va muy fácil a las manos del arquero.

Asamoah Gyan y Mats Hummels.
Costa de Marfil está jugando un mal partido. Merece ir perdiendo con Grecia pero alcanzó el empate en uno con una jugada aislada, luego de que los europeos desperdiciaran varias chances netas de gol (un par de palos jugaron a favor de los africanos). Con la derrota, Costa de Marfil se va del Mundial en primera rueda, otra vez. Con el empate, conseguido casi de casualidad pero tras una muy buena maniobra colectiva, pasa todo lo contrario: Costa de Marfil se queda en el Mundial y se asegura jugar contra Costa Rica en octavos de final.

El gol se sintió como un verdadero palazo en la cabeza para los griegos, que parecen desinflarse anímicamente. Durante casi diez minutos (entre el momento del empate, a los 74, y los 84) el partido parece estar terminado, con tendencia a que Costa de Marfil meta el segundo. Grecia sin ideas y sin convicción avanza por inercia y deja campo abierto para alguna puñalada definitiva. Hasta que en un ataque tímido más, pasa lo que se veía venir: pérdida de pelota y cinco. Repito: cinco!, jugadores de camiseta verde (marfileños) se lanzan con pelota dominada hacia el segundo gol. Defienden sólo dos de camiseta blanca.  Los de verde pueden hacer lo que quieren pero hacen lo que no deben. La jugada se ensucia, el portador del balón tarda un tiempo más y termina dando un mal pase que le queda adentro del área a Yaya. ¡Pobre Yaya! Él y su hermano Kolo están jugando el partido más triste de sus vidas. Su otro hermano, Ibrahim, el menor, murió de cáncer tres días antes. Fueron a verlo a su país y volvieron para jugar el pase de su selección a octavos de final. Sacamos el pause, estamos en el minuto 90 y Yaya está cerca del gol. Intenta un amague pero no le sale. Sin embargo la pelota rebota y le vuelve a quedar en sus pies. Con poco ángulo para patear y tres compañeros casi en el área chica esperando pase, Yaya se decide por el disparo directo al arco. Tal vez pensó que el partido estaba cerrado, ya no había tiempo para otra cosa, y quería hacer ese gol para mirar al cielo y ofrendarlo. Hacer catarsis. Abrazarse con su hermano Kolo que estaba jugando con él ese partido imposible. No hubo descarga, el disparo es previsible, el arquero lo detiene sin dar rebote (minuto 4.53 de este compacto: http://www.tycsports.com/noticias/Historia-griega--20140623-0041.html).

Gol de Klose, el asesino.
No es cuento que con Alemania no se jode. Pocos minutos después de aquel contragolpe fallido de Ghana, entró el asesino Klose a la cancha. Segundos más tarde, corner, peinada y gol de ese nueve implacable que empardó a Ronaldo como máximo goleador en la historia de las copas mundiales. Los alemanes no saben de delicadezas ni picardía. Esta vez les conviene, porque realmente es una picardía que un jugador con altísima efectividad le quite el record a un jugador de infinito carisma, belleza y talento,  como el gordo. Al final el partido terminó 2 a 2. Alemania con ese resultado casi garantizó su primer puesto en el grupo. Ghana, con ese mismo resultado, prácticamente sentenció su eliminación (depende de otros y tiene que jugar contra Portugal, que revivió de pura suerte en el último segundo de su partido contra EEUU).

Después de la desgraciada jugada de Yaya, Grecia pareció revivir en el campo de juego. Volvió a creer que era posible. Siguió jugando y llegando. El tiempo se extinguía. Cuando ya no quedaban más que unos segundos, un jugador de camiseta blanca tira un centro atrás rasante y un africano le pone la traba al pateador griego antes de que entre en contacto con la pelota. Penal indiscutible. Georgios Samaras, a él le cometieron la infracción, tiene los terribles huevos que hay que tener y pide patear el último disparo del partido. Vamos por el minuto 93. Es diestro, se perfila casi recto, con leve inclinación hacia la izquierda, da unos cinco pasos de carrera y apunta. El arquero decide tirarse a su izquierda, el mismo sector al que va la pelota. Se estira lo máximo que puede pero no llega. Es gol.  Es euforia y angustia. Corren hacia la montaña de hombres los griegos que no pueden creer su suerte y su alegría. Los marfileños se quedan perplejos, tirados, abandonados a su desazón. Están eliminados.

Penal a Samaras, gol de Samaras.
Le pasó a dos equipos africanos como, tal vez, le podía haber pasado a otros equipos. Pero le pasó a dos africanos. Me encantaba como jugaban algunos equipos de ese continente (Camerún, Senegal, Nigeria), llenos de alegría y desfachatez. Jugaban casi como si no supieran el marco en el que lo hacían.  Todavía me siguen gustando: apuesto por ver un buen espectáculo cada vez que juegan. Pero ahora  algunos son más disciplinados (Argelia es una gran prueba de eso) y más conscientes de lo que pasa a su alrededor. Tal vez, incluso, más conservadores. Antes y después, todos los equipos africanos que vi, comparten un par de atributos, uno de ellos, además de la potencia física, es la ingenuidad. Desde alguna perspectiva, la ingenuidad puede ser positiva, puede remitirnos a cierta frescura, a cierto espíritu de potrero, a cierta espontaneidad, a cierto caos romántico. Pero también puede ser negativa. La ingenuidad te puede hacer perder un partido, te puede costar la eliminación de un Mundial. Esperemos que, por el bien de la prosperidad de su fútbol, aprendan una más de las lecciones que nuestro deporte favorito suele regalar. Y esto va para todos, se sea ingenuo o no. No se puede subestimar la importancia de un contragolpe con superioridad numérica. No se puede. Primero hay que pensar bien, mirar, escuchar y sentir lo que pide la jugada y luego obrar en consecuencia. Un contraataque en el que son muchos más los que atacan que los que defienden tiene que ser gol seguro. Y partido liquidado.

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